lunes, 13 de febrero de 2012

Cinca y Gállego, dos rios, una tradición


ALMADIEROS EN EL GÁLLEGO
Durante muchos siglos los vecinos de Murillo de Gállego, de Santolaria y de otros pueblos próximos se dedicaron a transportar madera flotando por las aguas del río. Los troncos procedían de los bosques de las sierras pirenaicas más meridionales. Se cortaban durante el invierno y luego eran transportados por pequeños riachuelos o por barrancos hasta al río Gállego. Allí bajaban flotando sueltos hasta Murillo donde, una vez sobrepasada la tremenda Foz de La Peña, podían ser atados formando almadías o nabatas que bajaban hasta Zaragoza o continuaban por el Ebro hacia destinos más lejanos.
A continuación se relata el viaje de una partida de maderos que el abad de San Juan de La Peña vendió en el siglo XVI a un mercader zaragozano. El viaje se ha reconstruído partiendo de documentos de aquella época, pero resulta en todo similar a los que continuaron realizándose por el río Gállego hasta comienzos del siglo XX.
El día 10 de julio del año 1588, Miguel Cabez, vecino de Murillo de Gállego y almadiero de profesión, se dirigió al monasterio de San Juan de la Peña. Cuando alcanzó el rico cenobio, escondido bajo la roca, agradeció la frescura que proporcionaban el bosque y la cueva. Allí le esperaba Joan Fenero, "por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, abad del monasterio de San Juan de la Peña", y el notario Jaime Villacampa, que había acudido para dejar constancia del acuerdo que iban a tomar. Se trataba de conducir a Zaragoza 2500 árboles, de las propiedades del monasterio, que los leñadores ya habían derribado.
El abad estaba acostumbrado a este tipo de tratos. Cada año, en los montes del monasterio que gobernaba, se talaban miles de árboles que solían acabar en manos de los constructores y de los carpinteros zaragozanos. El viaje de los troncos hasta Zaragoza era largo y arriesgado. Se realizaba por el agua. Los arroyos y los ríos ofrecían muchos peligros y mil ocasiones para el hurto. Era necesario dejar bien atados todos los cabos del acuerdo con Miguel Cabez, el hombre encargado de dirigir el penoso transporte.
El abad tenía ya bien meditados todos los puntos del contrato. Los árboles habían sido talados en una "pardina" del monasterio próxima al Asabón, un riachuelo de poco caudal que vierte sus aguas al Gállego. Los árboles serían arrastrados con bueyes hasta la orilla del arroyo y, a partir de aquel momento, quedarían en manos del almadiero y de su cuadrilla, que disponían de un año para transportar hasta Zaragoza los "dos mil y quinientos fustes redondos y cuadrados". Los almadíeros, en cuanto se les entregara la madera, debían arrojarla al río Asabón "para que la lleven y alarguen las crescidas y avenidas o tronadas del dicho río". Sin el caudal de las crecidas, Asabón no podía arrastrar los troncos. Por eso los echaban al agua en espera de las tormentas que traerían las riadas. Entonces los almadíeros, ayudados por largas pértigas de avellano con un gancho de hierro aguzado en la punta, iban dirigiendo los maderos que flotaban en las aguas turbias. Asabón, furioso tras la tronada, arrastraba los árboles hasta el caudaloso Gállego, al que entregaba las aguas y los troncos en las proximidades del congosto de La Peña. Por el Gállego, los almadieros seguían dirigiendo los troncos sueltos hasta Murillo, en cuyo azud los recogían para atarlos formando almadías. El abad no quería demoras y daba órdenes precisas: "que en llegando cuales quiere fustes en Gallego que Miguel Cabez sea tenido detenerla y llevarla y sacarla toda en la zut de Murillo y darla en el sacadero y ligadero de dicha zut de Murillo y ponerla a salvo fuera de la agua y esto luego y con diligentia. Y es capitulado que en llegando en Gállego no la dejé reposar en el por los peligros de las salidas y crescidas del Gállego sino que luego la ate y encamine con gran diligentia en cuanto pueda".
El nombre de ligadero, que recibía el lecho mayor del río en las proximidades del azud, nos habla del trabajo que se desarrollaba en aquel lugar: allí se ataban los troncos para formar las almadías o nabatas. Los maderos se disponían formando tramos de unos tres metros y medio de anchura, con longitud variable. Cada tramo formaba una plataforma muy sólida en la que los troncos aparecían atados entre sí y a dos maderos transversales y flexibles de quejigo, gracias a unas ramas finas de sarga o de avellano que se anudaban formando ligaduras de admirable resistencia.
Cuando se tenían atados los tramos, se arrojaban de nuevo al agua y allí se iban acoplando entre ellos, de dos en dos o de tres en tres, mediante nuevas ligaduras -más gruesas - de sarga o de avellano. Los dos o tres tramos acoplados formaban ya una almadía. Sólo faltaba colocar uno o dos largos remos en la parte frontal y otro en la posterior para comenzar el viaje.
Antes de llegar a Zaragoza, los almadieros debían soportar pasos difíciles, muchos peligros y varias cargas impositivas. Los nobles que señoreaban los pueblos ribereños, y los concejos de las villas regadas por el Gállego, cobraban tributos a los almadieros con la excusa de recaudar pagos para reparar los azudes que las almadías destruían; pero los almadieros debían pagarlos aunque no destruyeran nada. El monasterio de San Juan de la Peña estaba libre de algunos de estos tributos y así se advierte en el contrato firmado con el almadiero Cabez: "no sea tenido de pagar peaje ni en Zuera ni en Zaragoza" porque el señor abad puede " hacerla pasar libremente y franca" (la madera). Los peajes se solían pagar con madera, a razón de un tronco por almadía. Para hacer frente a estos pagos y a las posibles pérdidas de troncos, el abad se comprometía a entregar algunos maderos de más: "El señor abad le ha de dar por los azutajes y por la fusta que perderá o se quebrará ciento cincuenta fustes".
Las crecidas de los ríos, si eran grandes, representaban un peligro importante porque podían arrastrar los maderos que aún no se habían atado: "si por ventura alguna tronada le tomase la fusta en Gállego, o parte de ella, que luego vaya con la mesma crescida detrás de la fusta a recogerla y meterla en el ligadero de dicha azut de Murillo y si acaso de ahí algunos se pasaran en que los haya de sacar en ligaderos luego y poner grande diligentia que no la hurten, porque los que se pierdan y hurten los ha de pagar y han de ser de su cuenta" (a cuenta del almadiedo).
Cuando finalmente el almadiero Cabez logró llevar, con su cuadrilla, a Zaragoza los dos mil quinientos maderos, cobró por su trabajo 9000 sueldos jaqueses.
En la capital aragonesa, la madera, conforme iba llegando al Ebro, se sacaba del agua y se disponía para su venta en las eras próximas al río. Allí debía competir con la que venía a la ciudad, en carros, desde Biel, y con la que bajaba por el Ebro después de haber llegado a este río por el Aragón. Entre ésta también había bastante que provenía de San Juan de la Peña, de Oroel y de las selvas de se extendían entre los dos montes.
En efecto: por el Gállego salía la madera de la vertiente meridional de ambas montañas y de los extensos bosques que crecían al sur de las dos peñas, pero la madera de las laderas septentrionales y la del valle de Atarés se conducía con bueyes hasta el río Aragón, donde eran atados los troncos para formar almadías en el ligadero de Santa Cruciella, junto al pueblo de Santa Cilia.
El viaje fluvial por el Aragón era más largo y más costoso. Por el Gállego se llegaba a Zaragoza -desde Murillo- en dos días. Por el Aragón se necesitaban seis o siete días. En el Gállego se pagaban derechos de peaje y azutaje, pero no se cruzaba aduana alguna. En el Aragón, además de pagar peaje y azutaje, se debían entregar los derechos aduaneros que reclamaba Navarra y varios onerosos tributos que exigían los nobles navarros por cuyos señoríos pasaba el río.
Los árboles talados en las selvas de Oroel, de San Juan de la Peña y de los montes próximos, bajaron a Zaragoza, e incluso a Tortosa, por el río hasta comienzos del siglo XX, cuando se construyó el ferrocarril de Canfranc que enlazaba la capital aragonesa con Jaca. El vapor de las locomotoras y el silbido del gigante, capaz de transportar miles de troncos a Zaragoza en pocas horas, señalaron la agonía del viejo oficio almadiero. Luego se perdió el topónimo ligadero: ya no había junto al río troncos para ligar. También se perdió la memoria del oficio: casi ningún vecino de Murillo y de Santolaria recuerda que sus antepasados se ganaron la vida conduciendo troncos por el río Gállego, ahora cortado por varias presas y amenazado por nuevos embalses.
SEVERINO PALLARUELO
Historiador

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lunes, 13 de febrero de 2012

Cinca y Gállego, dos rios, una tradición


ALMADIEROS EN EL GÁLLEGO
Durante muchos siglos los vecinos de Murillo de Gállego, de Santolaria y de otros pueblos próximos se dedicaron a transportar madera flotando por las aguas del río. Los troncos procedían de los bosques de las sierras pirenaicas más meridionales. Se cortaban durante el invierno y luego eran transportados por pequeños riachuelos o por barrancos hasta al río Gállego. Allí bajaban flotando sueltos hasta Murillo donde, una vez sobrepasada la tremenda Foz de La Peña, podían ser atados formando almadías o nabatas que bajaban hasta Zaragoza o continuaban por el Ebro hacia destinos más lejanos.
A continuación se relata el viaje de una partida de maderos que el abad de San Juan de La Peña vendió en el siglo XVI a un mercader zaragozano. El viaje se ha reconstruído partiendo de documentos de aquella época, pero resulta en todo similar a los que continuaron realizándose por el río Gállego hasta comienzos del siglo XX.
El día 10 de julio del año 1588, Miguel Cabez, vecino de Murillo de Gállego y almadiero de profesión, se dirigió al monasterio de San Juan de la Peña. Cuando alcanzó el rico cenobio, escondido bajo la roca, agradeció la frescura que proporcionaban el bosque y la cueva. Allí le esperaba Joan Fenero, "por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, abad del monasterio de San Juan de la Peña", y el notario Jaime Villacampa, que había acudido para dejar constancia del acuerdo que iban a tomar. Se trataba de conducir a Zaragoza 2500 árboles, de las propiedades del monasterio, que los leñadores ya habían derribado.
El abad estaba acostumbrado a este tipo de tratos. Cada año, en los montes del monasterio que gobernaba, se talaban miles de árboles que solían acabar en manos de los constructores y de los carpinteros zaragozanos. El viaje de los troncos hasta Zaragoza era largo y arriesgado. Se realizaba por el agua. Los arroyos y los ríos ofrecían muchos peligros y mil ocasiones para el hurto. Era necesario dejar bien atados todos los cabos del acuerdo con Miguel Cabez, el hombre encargado de dirigir el penoso transporte.
El abad tenía ya bien meditados todos los puntos del contrato. Los árboles habían sido talados en una "pardina" del monasterio próxima al Asabón, un riachuelo de poco caudal que vierte sus aguas al Gállego. Los árboles serían arrastrados con bueyes hasta la orilla del arroyo y, a partir de aquel momento, quedarían en manos del almadiero y de su cuadrilla, que disponían de un año para transportar hasta Zaragoza los "dos mil y quinientos fustes redondos y cuadrados". Los almadíeros, en cuanto se les entregara la madera, debían arrojarla al río Asabón "para que la lleven y alarguen las crescidas y avenidas o tronadas del dicho río". Sin el caudal de las crecidas, Asabón no podía arrastrar los troncos. Por eso los echaban al agua en espera de las tormentas que traerían las riadas. Entonces los almadíeros, ayudados por largas pértigas de avellano con un gancho de hierro aguzado en la punta, iban dirigiendo los maderos que flotaban en las aguas turbias. Asabón, furioso tras la tronada, arrastraba los árboles hasta el caudaloso Gállego, al que entregaba las aguas y los troncos en las proximidades del congosto de La Peña. Por el Gállego, los almadieros seguían dirigiendo los troncos sueltos hasta Murillo, en cuyo azud los recogían para atarlos formando almadías. El abad no quería demoras y daba órdenes precisas: "que en llegando cuales quiere fustes en Gallego que Miguel Cabez sea tenido detenerla y llevarla y sacarla toda en la zut de Murillo y darla en el sacadero y ligadero de dicha zut de Murillo y ponerla a salvo fuera de la agua y esto luego y con diligentia. Y es capitulado que en llegando en Gállego no la dejé reposar en el por los peligros de las salidas y crescidas del Gállego sino que luego la ate y encamine con gran diligentia en cuanto pueda".
El nombre de ligadero, que recibía el lecho mayor del río en las proximidades del azud, nos habla del trabajo que se desarrollaba en aquel lugar: allí se ataban los troncos para formar las almadías o nabatas. Los maderos se disponían formando tramos de unos tres metros y medio de anchura, con longitud variable. Cada tramo formaba una plataforma muy sólida en la que los troncos aparecían atados entre sí y a dos maderos transversales y flexibles de quejigo, gracias a unas ramas finas de sarga o de avellano que se anudaban formando ligaduras de admirable resistencia.
Cuando se tenían atados los tramos, se arrojaban de nuevo al agua y allí se iban acoplando entre ellos, de dos en dos o de tres en tres, mediante nuevas ligaduras -más gruesas - de sarga o de avellano. Los dos o tres tramos acoplados formaban ya una almadía. Sólo faltaba colocar uno o dos largos remos en la parte frontal y otro en la posterior para comenzar el viaje.
Antes de llegar a Zaragoza, los almadieros debían soportar pasos difíciles, muchos peligros y varias cargas impositivas. Los nobles que señoreaban los pueblos ribereños, y los concejos de las villas regadas por el Gállego, cobraban tributos a los almadieros con la excusa de recaudar pagos para reparar los azudes que las almadías destruían; pero los almadieros debían pagarlos aunque no destruyeran nada. El monasterio de San Juan de la Peña estaba libre de algunos de estos tributos y así se advierte en el contrato firmado con el almadiero Cabez: "no sea tenido de pagar peaje ni en Zuera ni en Zaragoza" porque el señor abad puede " hacerla pasar libremente y franca" (la madera). Los peajes se solían pagar con madera, a razón de un tronco por almadía. Para hacer frente a estos pagos y a las posibles pérdidas de troncos, el abad se comprometía a entregar algunos maderos de más: "El señor abad le ha de dar por los azutajes y por la fusta que perderá o se quebrará ciento cincuenta fustes".
Las crecidas de los ríos, si eran grandes, representaban un peligro importante porque podían arrastrar los maderos que aún no se habían atado: "si por ventura alguna tronada le tomase la fusta en Gállego, o parte de ella, que luego vaya con la mesma crescida detrás de la fusta a recogerla y meterla en el ligadero de dicha azut de Murillo y si acaso de ahí algunos se pasaran en que los haya de sacar en ligaderos luego y poner grande diligentia que no la hurten, porque los que se pierdan y hurten los ha de pagar y han de ser de su cuenta" (a cuenta del almadiedo).
Cuando finalmente el almadiero Cabez logró llevar, con su cuadrilla, a Zaragoza los dos mil quinientos maderos, cobró por su trabajo 9000 sueldos jaqueses.
En la capital aragonesa, la madera, conforme iba llegando al Ebro, se sacaba del agua y se disponía para su venta en las eras próximas al río. Allí debía competir con la que venía a la ciudad, en carros, desde Biel, y con la que bajaba por el Ebro después de haber llegado a este río por el Aragón. Entre ésta también había bastante que provenía de San Juan de la Peña, de Oroel y de las selvas de se extendían entre los dos montes.
En efecto: por el Gállego salía la madera de la vertiente meridional de ambas montañas y de los extensos bosques que crecían al sur de las dos peñas, pero la madera de las laderas septentrionales y la del valle de Atarés se conducía con bueyes hasta el río Aragón, donde eran atados los troncos para formar almadías en el ligadero de Santa Cruciella, junto al pueblo de Santa Cilia.
El viaje fluvial por el Aragón era más largo y más costoso. Por el Gállego se llegaba a Zaragoza -desde Murillo- en dos días. Por el Aragón se necesitaban seis o siete días. En el Gállego se pagaban derechos de peaje y azutaje, pero no se cruzaba aduana alguna. En el Aragón, además de pagar peaje y azutaje, se debían entregar los derechos aduaneros que reclamaba Navarra y varios onerosos tributos que exigían los nobles navarros por cuyos señoríos pasaba el río.
Los árboles talados en las selvas de Oroel, de San Juan de la Peña y de los montes próximos, bajaron a Zaragoza, e incluso a Tortosa, por el río hasta comienzos del siglo XX, cuando se construyó el ferrocarril de Canfranc que enlazaba la capital aragonesa con Jaca. El vapor de las locomotoras y el silbido del gigante, capaz de transportar miles de troncos a Zaragoza en pocas horas, señalaron la agonía del viejo oficio almadiero. Luego se perdió el topónimo ligadero: ya no había junto al río troncos para ligar. También se perdió la memoria del oficio: casi ningún vecino de Murillo y de Santolaria recuerda que sus antepasados se ganaron la vida conduciendo troncos por el río Gállego, ahora cortado por varias presas y amenazado por nuevos embalses.
SEVERINO PALLARUELO
Historiador

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