miércoles, 27 de mayo de 2015

Son los Ojos del Entremón

Día de navatas, fecha destacada en el calendario de celebraciones de la provincia de Huesca. En Laspuña, los herederos de aquel oficio hoy limitado a muestra de cultura popular y a acontecimiento festivo, se afanan en hacer navegar esos ingenios de troncos y verdugos que en el breve tramo hasta Aínsa permiten evocar aquellos tiempos en que el Cinca era vía fluvial por la que los bosques de Sobrarbe se convertían en naves de agua dulce, rumbo al delta del Ebro.

En mi particular homenaje a aquellos hombres que fueron mallo y junco,  timón y equilibrio sobre la inestabilidad de sus entramados, recorro el congosto de Entremón en un domingo de finales de mayo que compensa con creces por el retraso de la primavera. Recién iniciada la caminata desde Ligüerre por el sendero incrustado en el cañón, me saludan enfrente dos oquedades en la roca, bañadas sus bases en el agua. No me cuesta mucho interpretarlas como algo allende la simple consideración de cuevas, para ver en ellas algo metafísico, algo que me mira y que casi flotando sobre la potente vena del Cinca, me transmite un mensaje espiritual.

Son los Ojos del Entremón, como denomino espontáneamente al beso de pared y río que proyecta su color verde hacia el techo de cada concavidad para desde allí asomarse al fluir del río. Cuando ese caudal antaño salvaje daba rienda a su furia, ese punto se convertía en trágica parada final de un viaje apenas comenzado. El peligro allí era extremo para esos marinos de alma rural de interior. Aquellos antojos de la corriente –danza de colmillos en la espuma y fauces en las piedras-, de vez en cuando se encaprichaban de los navegantes y de un zarpazo, sin aviso ni miramiento, producían un naufragio de sangre.

Son los hombres que allí quedaron, tripulantes eternos que habitan en esos Ojos y acompañan a los trampos oníricos que, ajenos a las murallas de los pantanos, hoy siguen cabalgando a la grupa de las cordilleras del Cinca que conservan su vocación de mar. Así lo pienso, mientras las saxífragas se inclinan ornando la memoria de aquellos esforzados navegantes y el cielo pasea sereno arriba y abajo.

Yo leo en lápidas de agua los nombres de esos héroes sin medalla. Saco mi máquina de fotos y tras concentrarme en captar la instantánea, escucho la letanía de los pájaros que pueblan el congosto. Luego en casa, la pantalla de mi ordenador se volverá río y los navateros llegarán a la playa de mi escritorio para contarme sus penas de miedo y fatiga en aquella epopeya contra los impulsos del agua.

Encenderé una varita de incienso y todas las chimeneas de Sobrarbe comenzarán a destilar su luto de hebras blancas por aquel Cinca que se tragaba a los hombres para alimentar con sus retinas los Ojos del Entremón.

Autora: María Victoria Trigo.
Concurso de relatos Turismo verde Huesca.
http://www.verdeyrural.com/los-ojos-del-entremon/

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miércoles, 27 de mayo de 2015

Son los Ojos del Entremón

Día de navatas, fecha destacada en el calendario de celebraciones de la provincia de Huesca. En Laspuña, los herederos de aquel oficio hoy limitado a muestra de cultura popular y a acontecimiento festivo, se afanan en hacer navegar esos ingenios de troncos y verdugos que en el breve tramo hasta Aínsa permiten evocar aquellos tiempos en que el Cinca era vía fluvial por la que los bosques de Sobrarbe se convertían en naves de agua dulce, rumbo al delta del Ebro.

En mi particular homenaje a aquellos hombres que fueron mallo y junco,  timón y equilibrio sobre la inestabilidad de sus entramados, recorro el congosto de Entremón en un domingo de finales de mayo que compensa con creces por el retraso de la primavera. Recién iniciada la caminata desde Ligüerre por el sendero incrustado en el cañón, me saludan enfrente dos oquedades en la roca, bañadas sus bases en el agua. No me cuesta mucho interpretarlas como algo allende la simple consideración de cuevas, para ver en ellas algo metafísico, algo que me mira y que casi flotando sobre la potente vena del Cinca, me transmite un mensaje espiritual.

Son los Ojos del Entremón, como denomino espontáneamente al beso de pared y río que proyecta su color verde hacia el techo de cada concavidad para desde allí asomarse al fluir del río. Cuando ese caudal antaño salvaje daba rienda a su furia, ese punto se convertía en trágica parada final de un viaje apenas comenzado. El peligro allí era extremo para esos marinos de alma rural de interior. Aquellos antojos de la corriente –danza de colmillos en la espuma y fauces en las piedras-, de vez en cuando se encaprichaban de los navegantes y de un zarpazo, sin aviso ni miramiento, producían un naufragio de sangre.

Son los hombres que allí quedaron, tripulantes eternos que habitan en esos Ojos y acompañan a los trampos oníricos que, ajenos a las murallas de los pantanos, hoy siguen cabalgando a la grupa de las cordilleras del Cinca que conservan su vocación de mar. Así lo pienso, mientras las saxífragas se inclinan ornando la memoria de aquellos esforzados navegantes y el cielo pasea sereno arriba y abajo.

Yo leo en lápidas de agua los nombres de esos héroes sin medalla. Saco mi máquina de fotos y tras concentrarme en captar la instantánea, escucho la letanía de los pájaros que pueblan el congosto. Luego en casa, la pantalla de mi ordenador se volverá río y los navateros llegarán a la playa de mi escritorio para contarme sus penas de miedo y fatiga en aquella epopeya contra los impulsos del agua.

Encenderé una varita de incienso y todas las chimeneas de Sobrarbe comenzarán a destilar su luto de hebras blancas por aquel Cinca que se tragaba a los hombres para alimentar con sus retinas los Ojos del Entremón.

Autora: María Victoria Trigo.
Concurso de relatos Turismo verde Huesca.
http://www.verdeyrural.com/los-ojos-del-entremon/

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