martes, 27 de octubre de 2009

"Mujer, yo tampoco te condeno"

Un día sí y otro también nos llegan noticias de manifestaciones, individuales o multitudinarias, acerca del Anteproyecto de modificación o reforma de la Ley del Aborto. Son también muchos los escritos publicados. Y no sólo en las últimas semanas, sino en los últimos años. Pero, déjenme decir, que no se oyó voces de la jerarquía de la Iglesia en siglos anteriores al XX sobre este tema. Bien es cierto que no se legislaba sobre él, pero no es menos cierto que se practicaba permanentemente. Quizás alguien piense que sería mejor seguir el principio del derecho inglés de que lo no prohibido está permitido, y tal vez llegaríamos hasta Pablo de Tarso cuando afirma que la ley es pecado.
El tema del aborto es planteado por muchos solamente como una cuestión moral. Pero la moral tiene un componente fundamental que es la costumbre (mos, moris), la repetición de actos, que se torna ley. Por tanto, la costumbre podría haber sido, ha sido, otra. Por ello, el planteamiento no puede ser única ni exclusivamente desde este punto de vista, y hay que situarlo en la defensa de la vida, de todo lo que la hace posible.
Es encomiable que la sociedad tome conciencia de este problema para muchas mujeres y no tantos varones. Pero cualquier problema, si se quiere buscar solución, hay que situarlo en su contexto adecuado. Esta cuestión no se la podían plantear hace cincuenta siglos, por ejemplo. Por supuesto, tampoco existían técnicas como ahora para extirpar el feto. La sociedad -y la Iglesia como modeladora de las conciencias de la mayor parte de la sociedad española- son conscientes de que esto ha sido una práctica común en siglos anteriores, y nunca se ha oído ninguna proclama en su contra. Por tanto, da la impresión de que hay otras razones que no son morales, sino de oportunismo político.
La cuestión que se plantea es la despenalización del aborto. No otra cosa. Ni se invita ni se presiona a la mujer para que aborte. ¡Bastante tienen encima quienes se han visto en esa situación! Una decisión no querida por ellas, independientemente de que, en muchos casos de forma inconsciente, se han visto en esa tesitura.
Creo, y así me he manifestado hace tiempo, que el aborto, o mejor dicho, la defensa de la vida, no puede reducirse al momento o espacio de tiempo de la gestación. ¿Qué sentido puede tener que la mujer esté pariendo cada vez que tiene relaciones sexuales, al quedarse embarazada? ¿Qué se busca: que en dos generaciones la tierra esté superpoblada y no quepamos más? ¿Dónde está la paternidad responsable de la que tanto se ha hablado en los últimos años?.
La vida de un ser empieza antes incluso de la relación sexual. Y millones de espermatozoides mueren, quedando solamente uno para fecundar el óvulo femenino. La vida continúa cuando un ser humano nace, crece, va a la escuela, a la universidad, al trabajo; cuando comparte y se relaciona con los demás y cuando se aísla para vivir interiormente otra vida que complementa a la física. Mas la vida se mata cuando se descuida la educación de los hijos, cuando se odia al prójimo y, por intereses inconfesables, se empieza una guerra, cuando se niega el salario justo al trabajador, cuando se niegan derechos sociales a quienes los reivindican, cuando se oprime al débil o se margina al pobre. Y siempre, cuando unos pocos ostentan la propiedad de la mayor parte de los bienes mientras millones mueren de hambre, cuando los que gozan de todos los derechos y bienes intentan imponer normas y tiranizan a los que no tienen nada.
Cuando, en ese pasaje evangélico tan bello y profundo, Jesús pregunta a todos los acusadores que el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra a la mujer que ha cometido adulterio, todos, empezando por los más viejos, se van marchando, lo cual nos da pie para reflexionar largo y tendido, no solamente sobre el adulterio, sino también sobre todo aquello que no favorece la vida. Y, aunque Jesús considera que la forma de vida de esa mujer no se ajusta a los cánones de la época y de un mayor concepto de la vida, sin embargo no emite ninguna condena para ella, sino únicamente una mirada de amor y comprensión y la recomendación o consejo amigo de que su vida tiene más valor que un adulterio.
Jesús BRAU GRASA. Licenciado en Teología
26/10/2009 (Cartas al Director- Diario del Alto Aragón)

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martes, 27 de octubre de 2009

"Mujer, yo tampoco te condeno"

Un día sí y otro también nos llegan noticias de manifestaciones, individuales o multitudinarias, acerca del Anteproyecto de modificación o reforma de la Ley del Aborto. Son también muchos los escritos publicados. Y no sólo en las últimas semanas, sino en los últimos años. Pero, déjenme decir, que no se oyó voces de la jerarquía de la Iglesia en siglos anteriores al XX sobre este tema. Bien es cierto que no se legislaba sobre él, pero no es menos cierto que se practicaba permanentemente. Quizás alguien piense que sería mejor seguir el principio del derecho inglés de que lo no prohibido está permitido, y tal vez llegaríamos hasta Pablo de Tarso cuando afirma que la ley es pecado.
El tema del aborto es planteado por muchos solamente como una cuestión moral. Pero la moral tiene un componente fundamental que es la costumbre (mos, moris), la repetición de actos, que se torna ley. Por tanto, la costumbre podría haber sido, ha sido, otra. Por ello, el planteamiento no puede ser única ni exclusivamente desde este punto de vista, y hay que situarlo en la defensa de la vida, de todo lo que la hace posible.
Es encomiable que la sociedad tome conciencia de este problema para muchas mujeres y no tantos varones. Pero cualquier problema, si se quiere buscar solución, hay que situarlo en su contexto adecuado. Esta cuestión no se la podían plantear hace cincuenta siglos, por ejemplo. Por supuesto, tampoco existían técnicas como ahora para extirpar el feto. La sociedad -y la Iglesia como modeladora de las conciencias de la mayor parte de la sociedad española- son conscientes de que esto ha sido una práctica común en siglos anteriores, y nunca se ha oído ninguna proclama en su contra. Por tanto, da la impresión de que hay otras razones que no son morales, sino de oportunismo político.
La cuestión que se plantea es la despenalización del aborto. No otra cosa. Ni se invita ni se presiona a la mujer para que aborte. ¡Bastante tienen encima quienes se han visto en esa situación! Una decisión no querida por ellas, independientemente de que, en muchos casos de forma inconsciente, se han visto en esa tesitura.
Creo, y así me he manifestado hace tiempo, que el aborto, o mejor dicho, la defensa de la vida, no puede reducirse al momento o espacio de tiempo de la gestación. ¿Qué sentido puede tener que la mujer esté pariendo cada vez que tiene relaciones sexuales, al quedarse embarazada? ¿Qué se busca: que en dos generaciones la tierra esté superpoblada y no quepamos más? ¿Dónde está la paternidad responsable de la que tanto se ha hablado en los últimos años?.
La vida de un ser empieza antes incluso de la relación sexual. Y millones de espermatozoides mueren, quedando solamente uno para fecundar el óvulo femenino. La vida continúa cuando un ser humano nace, crece, va a la escuela, a la universidad, al trabajo; cuando comparte y se relaciona con los demás y cuando se aísla para vivir interiormente otra vida que complementa a la física. Mas la vida se mata cuando se descuida la educación de los hijos, cuando se odia al prójimo y, por intereses inconfesables, se empieza una guerra, cuando se niega el salario justo al trabajador, cuando se niegan derechos sociales a quienes los reivindican, cuando se oprime al débil o se margina al pobre. Y siempre, cuando unos pocos ostentan la propiedad de la mayor parte de los bienes mientras millones mueren de hambre, cuando los que gozan de todos los derechos y bienes intentan imponer normas y tiranizan a los que no tienen nada.
Cuando, en ese pasaje evangélico tan bello y profundo, Jesús pregunta a todos los acusadores que el que esté limpio de pecado que tire la primera piedra a la mujer que ha cometido adulterio, todos, empezando por los más viejos, se van marchando, lo cual nos da pie para reflexionar largo y tendido, no solamente sobre el adulterio, sino también sobre todo aquello que no favorece la vida. Y, aunque Jesús considera que la forma de vida de esa mujer no se ajusta a los cánones de la época y de un mayor concepto de la vida, sin embargo no emite ninguna condena para ella, sino únicamente una mirada de amor y comprensión y la recomendación o consejo amigo de que su vida tiene más valor que un adulterio.
Jesús BRAU GRASA. Licenciado en Teología
26/10/2009 (Cartas al Director- Diario del Alto Aragón)

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