martes, 13 de abril de 2010

AFRONTAR EL ESCÁNDALO



Desde hace un tiempo se multiplican en los medios de comunicación informaciones referentes a abusos sexuales con niños cometidos por clérigos católicos. La cosa empezó en los Estados Unidos (como tantas otras) y luego se extendió a Europa comenzando por Irlanda y siguiendo últimamente por Alemania. Algunas informaciones empiezan ya a apuntar hacia España como territorio en el que algunos de los imputados han cometido sus fechorías.
Todo ello está provocando un escándalo de grandes dimensiones, una acusación de doble moralidad contra los ministros de la Iglesia Católica y un descrédito difícilmente mensurable pero que se suma al que se viene arrastrando y acumulando a lo largo de los últimos años. Se destaca, especialmente, el papel de tantos obispos que prefirieron “tapar” el delito antes que denunciarlo. Las acusaciones han alcanzado al hermano del Papa que dirigió durante años un coro en el que se cometieron abusos sexuales, e incluso al mismísimo Papa por haber aceptado en su diócesis, cuando era obispo de Munich, a un cura pederasta que fue incorporado a la pastoral diocesana.
En definitiva, los hechos son lo que son y han obligado a la jerarquía a cambiar su estrategia política de ocultamiento y de no hablar del tema (algo muy consustancial con el secretismo clerical y con el no querer afrontar los hechos de frente y con valentía) por la de colaborar con la justicia civil que intenta aclarar los desmanes y condenar a los delincuentes.
Pues todo esto es lo que nos faltaba. Los mismos sacerdotes resultamos sospechosos de pederastia y se nos mira por muchos con desconfianza. Nosotros mismos hemos tenido que tomar espontáneamente medidas para evitar que nos tomen por lo que no somos. Yo recuerdo que en los años ochenta fui miembro de una Movimiento de Acción Católica en el que nos dedicábamos a trabajar pastoralmente con chavales, tratando de unir su fe con su vida y ayudándoles a realizar lecturas creyentes de la realidad y a contribuir a transformar este mundo en el que existen tantos aspectos que no nos gustan. Tenía mis reuniones y actividades con los chavales en unos locales que nos cedió un colegio religioso y nos dedicábamos a afrontar con valentía la vida y problemática de estos chavales y de su entorno (familiar, escolar, de barrio, etc.); también fuimos trabajando con adolescentes a medida que estos niños iban creciendo. Pero, yo al menos, no me limitaba a reunirme en un local con ellos sino que mi propia casa era un lugar de referencia al que acudían espontáneamente bastantes de ellos y en donde, en un ambiente más personalizado y distendido tratábamos de todo, resultando pedagógica y vitalmente muy interesante para su formación y desarrollo, e incluso a algunos de ellos me los llevaba de viaje cuando me invitaban a dar algún cursillo o convivencia. Alguna de mis vecinas me preguntó en cierta ocasión: “qué, ¿cómo te va con tu guardería?”, tras observar el trasiego de chavales por las escaleras. Ahora, todas estas actividades, todo este trato en mi propio domicilio, tal vez sean impensables porque alguien podría acusarme de manejo de chavales vete a saber con qué fines. Y de colegios religiosos me han informado que han sustituido la habitación cerrada del director por habitaciones con cristales trasparentes para evitar que alguien pueda acusar de tratos no correctos en la intimidad de una habitación. Y no digamos ya de acariciar con toda naturalidad a algún crío, como se ha hecho siempre y como el chaval necesita para sentirse querido: mejor ni tocarlos, a pesar de que el tacto corporal es fundamental en las relaciones. Lastimoso haber tenido que llegar a este punto. Pero es que nos consideran sospechosos y hay que aguantar esta etapa hasta que pasemos a otra.
Se habla de manejos sexuales con seminaristas, y el caso de Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, es paradigmático. Recordando los dos seminarios en los que residí cuando estudiaba filosofía y teología, no me viene a la memoria ningún episodio de homosexualidad (aunque pudiera haberlos, como en cualquier centro), ni observé cosas “raras” al respecto, aunque sí existía la norma de no meternos en la habitación de otro, tal vez para evitar las ocasiones de exceso de intimidad; se nos advertía, eso sí, del peligro de las “amistades particulares”. Pero, repito, no me constan prácticas de ese cariz, aunque no tenía por qué enterarme de todo lo que pudiera estar pasando. Y es que la afectividad existe, aunque se pretenda taparla para evitar problemas. Digo esto para combatir la imagen de los seminarios como centros en línea sexual no muy ortodoxa.
En nuestras reuniones oficiales de curas no se suelen tratar estos temas, aunque yo no soy muy asiduo a las mismas; tampoco se hace en las reuniones de curas amigos, lo cual parece indicar que no es un problema “real” en nuestros ambientes clericales, como lo es el de la soledad de algunos curas, la pasividad, el arrojar la toalla en la lucha por los cambios necesarios o incluso la caída en el alcoholismo como búsqueda de soluciones a problemas no resueltos. Pero tal vez pueda existir un cierto tabú, unido a nuestra condición de célibes y a nuestra formación como tales.
Se suele unir el problema de la pederastia con el del celibato sacerdotal, suponiéndose que si se elimina éste el problema se reducirá muchísimo. Puede ser. Pero pienso que los argumentos para no unir obligatoriamente la condición de cura con la de célibe irían más bien en otra dirección: el celibato no procede de los primeros tiempos de la Iglesia, en donde se vivía con normalidad el matrimonio de los sacerdotes e incluso de los obispos (aunque de éstos se pedía que fueran hombres “de una sola mujer”), sino que se debe a decisiones posteriores, por lo cual puede ser revisado por nuevas decisiones. Lo importante es que los curas, si es que debe haberlos, tienen que compartir la vida y “milagros” del resto de los creyentes y no constituirse como casta aparte, tal como ha ido sucediendo a lo largo de los siglos, casta que se consideraba y se considera por encima de las demás y en la que el celibato contribuía a esta manera de pensar al verse a los curas como “diferentes” y más sagrados al no tener relaciones sexuales (la estigma del sexo, el considerarlo como peligroso, ha sido una constante en nuestra Iglesia, promovido todo ello desde arriba).
Lo que sí estoy convencido (y en ello ha influido toda esta oleada de escándalos, los cuales seguramente afectarán también al clero de nuestro país en breve al sacarse a la luz más detalles) es que la Iglesia Católica necesita una seria reflexión y revisión de sus posturas ante la sexualidad: la cuestión del celibato, la de la afectividad, la de la igualdad y relación entre los sexos en todos los niveles, la de la homosexualidad, la de los medios anticonceptivos, la del divorcio, la de los tribunales eclesiásticos en materia de matrimonios, separaciones y nulidades, la valoración del propio cuerpo (vestido o desnudo) y del de los demás, etc. Ya sé que son cuestiones muy difíciles de revisar porque tienen una carga de siglos y porque en ellas están implicadas cuestiones tan fundamentales como las del poder en la Iglesia, la libertad de conciencia y de decisión responsable, etc. Pero hay que tener la valentía de mirar a la realidad de frente y sin miedo, sin secretismos clericales y sin que se pretenda tapar la boca a cuantos se atreven a hacerlo. Es inevitable si queremos ser más evangélicos y aportar humildemente alguna luz a cuantos la necesiten.

Pepe Nerín (Parroco de Laspuña en los años 70)

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martes, 13 de abril de 2010

AFRONTAR EL ESCÁNDALO



Desde hace un tiempo se multiplican en los medios de comunicación informaciones referentes a abusos sexuales con niños cometidos por clérigos católicos. La cosa empezó en los Estados Unidos (como tantas otras) y luego se extendió a Europa comenzando por Irlanda y siguiendo últimamente por Alemania. Algunas informaciones empiezan ya a apuntar hacia España como territorio en el que algunos de los imputados han cometido sus fechorías.
Todo ello está provocando un escándalo de grandes dimensiones, una acusación de doble moralidad contra los ministros de la Iglesia Católica y un descrédito difícilmente mensurable pero que se suma al que se viene arrastrando y acumulando a lo largo de los últimos años. Se destaca, especialmente, el papel de tantos obispos que prefirieron “tapar” el delito antes que denunciarlo. Las acusaciones han alcanzado al hermano del Papa que dirigió durante años un coro en el que se cometieron abusos sexuales, e incluso al mismísimo Papa por haber aceptado en su diócesis, cuando era obispo de Munich, a un cura pederasta que fue incorporado a la pastoral diocesana.
En definitiva, los hechos son lo que son y han obligado a la jerarquía a cambiar su estrategia política de ocultamiento y de no hablar del tema (algo muy consustancial con el secretismo clerical y con el no querer afrontar los hechos de frente y con valentía) por la de colaborar con la justicia civil que intenta aclarar los desmanes y condenar a los delincuentes.
Pues todo esto es lo que nos faltaba. Los mismos sacerdotes resultamos sospechosos de pederastia y se nos mira por muchos con desconfianza. Nosotros mismos hemos tenido que tomar espontáneamente medidas para evitar que nos tomen por lo que no somos. Yo recuerdo que en los años ochenta fui miembro de una Movimiento de Acción Católica en el que nos dedicábamos a trabajar pastoralmente con chavales, tratando de unir su fe con su vida y ayudándoles a realizar lecturas creyentes de la realidad y a contribuir a transformar este mundo en el que existen tantos aspectos que no nos gustan. Tenía mis reuniones y actividades con los chavales en unos locales que nos cedió un colegio religioso y nos dedicábamos a afrontar con valentía la vida y problemática de estos chavales y de su entorno (familiar, escolar, de barrio, etc.); también fuimos trabajando con adolescentes a medida que estos niños iban creciendo. Pero, yo al menos, no me limitaba a reunirme en un local con ellos sino que mi propia casa era un lugar de referencia al que acudían espontáneamente bastantes de ellos y en donde, en un ambiente más personalizado y distendido tratábamos de todo, resultando pedagógica y vitalmente muy interesante para su formación y desarrollo, e incluso a algunos de ellos me los llevaba de viaje cuando me invitaban a dar algún cursillo o convivencia. Alguna de mis vecinas me preguntó en cierta ocasión: “qué, ¿cómo te va con tu guardería?”, tras observar el trasiego de chavales por las escaleras. Ahora, todas estas actividades, todo este trato en mi propio domicilio, tal vez sean impensables porque alguien podría acusarme de manejo de chavales vete a saber con qué fines. Y de colegios religiosos me han informado que han sustituido la habitación cerrada del director por habitaciones con cristales trasparentes para evitar que alguien pueda acusar de tratos no correctos en la intimidad de una habitación. Y no digamos ya de acariciar con toda naturalidad a algún crío, como se ha hecho siempre y como el chaval necesita para sentirse querido: mejor ni tocarlos, a pesar de que el tacto corporal es fundamental en las relaciones. Lastimoso haber tenido que llegar a este punto. Pero es que nos consideran sospechosos y hay que aguantar esta etapa hasta que pasemos a otra.
Se habla de manejos sexuales con seminaristas, y el caso de Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, es paradigmático. Recordando los dos seminarios en los que residí cuando estudiaba filosofía y teología, no me viene a la memoria ningún episodio de homosexualidad (aunque pudiera haberlos, como en cualquier centro), ni observé cosas “raras” al respecto, aunque sí existía la norma de no meternos en la habitación de otro, tal vez para evitar las ocasiones de exceso de intimidad; se nos advertía, eso sí, del peligro de las “amistades particulares”. Pero, repito, no me constan prácticas de ese cariz, aunque no tenía por qué enterarme de todo lo que pudiera estar pasando. Y es que la afectividad existe, aunque se pretenda taparla para evitar problemas. Digo esto para combatir la imagen de los seminarios como centros en línea sexual no muy ortodoxa.
En nuestras reuniones oficiales de curas no se suelen tratar estos temas, aunque yo no soy muy asiduo a las mismas; tampoco se hace en las reuniones de curas amigos, lo cual parece indicar que no es un problema “real” en nuestros ambientes clericales, como lo es el de la soledad de algunos curas, la pasividad, el arrojar la toalla en la lucha por los cambios necesarios o incluso la caída en el alcoholismo como búsqueda de soluciones a problemas no resueltos. Pero tal vez pueda existir un cierto tabú, unido a nuestra condición de célibes y a nuestra formación como tales.
Se suele unir el problema de la pederastia con el del celibato sacerdotal, suponiéndose que si se elimina éste el problema se reducirá muchísimo. Puede ser. Pero pienso que los argumentos para no unir obligatoriamente la condición de cura con la de célibe irían más bien en otra dirección: el celibato no procede de los primeros tiempos de la Iglesia, en donde se vivía con normalidad el matrimonio de los sacerdotes e incluso de los obispos (aunque de éstos se pedía que fueran hombres “de una sola mujer”), sino que se debe a decisiones posteriores, por lo cual puede ser revisado por nuevas decisiones. Lo importante es que los curas, si es que debe haberlos, tienen que compartir la vida y “milagros” del resto de los creyentes y no constituirse como casta aparte, tal como ha ido sucediendo a lo largo de los siglos, casta que se consideraba y se considera por encima de las demás y en la que el celibato contribuía a esta manera de pensar al verse a los curas como “diferentes” y más sagrados al no tener relaciones sexuales (la estigma del sexo, el considerarlo como peligroso, ha sido una constante en nuestra Iglesia, promovido todo ello desde arriba).
Lo que sí estoy convencido (y en ello ha influido toda esta oleada de escándalos, los cuales seguramente afectarán también al clero de nuestro país en breve al sacarse a la luz más detalles) es que la Iglesia Católica necesita una seria reflexión y revisión de sus posturas ante la sexualidad: la cuestión del celibato, la de la afectividad, la de la igualdad y relación entre los sexos en todos los niveles, la de la homosexualidad, la de los medios anticonceptivos, la del divorcio, la de los tribunales eclesiásticos en materia de matrimonios, separaciones y nulidades, la valoración del propio cuerpo (vestido o desnudo) y del de los demás, etc. Ya sé que son cuestiones muy difíciles de revisar porque tienen una carga de siglos y porque en ellas están implicadas cuestiones tan fundamentales como las del poder en la Iglesia, la libertad de conciencia y de decisión responsable, etc. Pero hay que tener la valentía de mirar a la realidad de frente y sin miedo, sin secretismos clericales y sin que se pretenda tapar la boca a cuantos se atreven a hacerlo. Es inevitable si queremos ser más evangélicos y aportar humildemente alguna luz a cuantos la necesiten.

Pepe Nerín (Parroco de Laspuña en los años 70)

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